<body><script type="text/javascript"> function setAttributeOnload(object, attribute, val) { if(window.addEventListener) { window.addEventListener("load", function(){ object[attribute] = val; }, false); } else { window.attachEvent('onload', function(){ object[attribute] = val; }); } } </script> <iframe src="http://www.blogger.com/navbar.g?targetBlogID=8150352&amp;blogName=prosa+inofensiva&amp;publishMode=PUBLISH_MODE_BLOGSPOT&amp;navbarType=SILVER&amp;layoutType=CLASSIC&amp;homepageUrl=http%3A%2F%2Fprosainofensiva.blogspot.com%2F&amp;blogLocale=es_MX&amp;searchRoot=http%3A%2F%2Fprosainofensiva.blogspot.com%2Fsearch" marginwidth="0" marginheight="0" scrolling="no" frameborder="0" height="30px" width="100%" id="navbar-iframe" title="Blogger Navigation and Search"></iframe> <div></div>

a la lima y al limón

viernes, septiembre 19, 2008
Me levanté bruscamente, por el frío. Es casi otoño pero nos seguimos sentando en terraza, en una suerte de cold denial colectivo. Me levanté con un movimiento brusco de esos que en París no se deben hacer y que en México, malacostumbrada, me empujan a pedir constante e innecesariamente perdón.

Mi brusquedad le cortó el paso a una señora mayor y sus bolsas del mercado. Pardon, pardon, pardon, soltó en una mezcla de de fastidio, disculpa y déjalo ya bye-bye. Lo inusual de su pardon, pardon, pardon, me hizo buscarle la cara. Ah, esa actriz mayor guapísima, cómo se llama... la acabó de ver en esa peli de la hija de Cassavettes, en la que Parker Posey se tiene lástima porque se va a quedar soltera.

Me quedé unos segundos (de los que en los libros dicen "pero pareció una eternidad") parada de frente a mi mesa y de espaldas, de culo, a la de mi vecina como es inevitable quedar, entremesas, en las terrazas decadentes de París, en donde desayunamos entre camiones transportistas, celebridades y cubos de basura. Me quedé pensando en Carole Bouquet, fueron unos segundos, pero pareció una eternidad.

Cogí mi libro, mi ticket y mi cambio. Ahora pongo un ticket a manera de seña en la última página leída, lo dejo ahí para acordarme en qué café, que día y a qué hora leí. Si en algún sitio he leído poco cambio el ticket de lugar para hacerle creer a mi futuro yo que pasaba horas en los cafés, leyendo.

Debo escribir un libro quizá. De todas las celebridades con las que me encuentro y con las que no. De todo lo que me sucede y lo que invento que me sucede. De cómo le dije a Richard Ford que sabía de buena fuente que Almodóvar se inspiraba en sus libros (lo presumiré en la cena de hoy, dijo). De cómo le dije a Tom McCarthy que me encantaba su trabajo antes de haberlo leído (y me encanta, voy en la página 30).

Voy a escribir un libro con lapicero. Nunca tuve uno, ni en el colegio. Voy corriendo a la tienda sueca en la que venden cosas de Marimekko (¿o era finlandesa?). La tienda sueca abre a las once y yo tengo un ataque de ansiedad, como los de Parker Posey cuando piensa que no tiene quien la quiera. Muji está abierto: Quiero un lapicero, el más barato que tengan. Pero no tienen. Compro un bolígrafo de gel verde. De ese verde que les va bien a las pelirrojas, según mi mamá.

Me siento en la parada de la 29, donde da el sol, para empezar a escribir un libro. No digas la 29, me corrige siempre una amiga, parece que esperas ficheras en un Table Dance en lugar de autobuses. Me siento en la parada del 29, donde da el sol, y empiezo a escribir mi libro.

Anastasia

domingo, mayo 18, 2008
Ahora que del invierno sigue el verano, dormimos con la ventana abierta y oigo gaviotas que vuelan al ras de los techos mal aislados de París. Cierro los ojos, me imagino que estoy en una playa de la costa Este, en la que Kevin Costner construye un barco de madera y todos los habitantes del pueblo, amargados, guardan el secreto de una muerte horrible o un pariente con retraso mental.

Abro los ojos, en el quicio de la puerta estás tú, fumando y esperando. Me preguntas si otra vez soñé con Shanghai Lily y si quiero salir a toparnos con famosos.

Quiero.

Hace dos semanas vimos a Patti Smith, por el museo Picasso con una gabardina y casi treinta grados de sol. Ayer a Jon Bon Jovi en el mercado de Saint Ouen enjuto y desapercibido. Hoy vemos una paloma obesa en Place de Voges. La persigo para sacarle una foto.

En la noche me llamas por teléfono desde tu balcón, estás fumando y viendo el cielo rosa, también la cúpula de Val-de-Grâce. Yo estoy viendo la foto borrosa de la paloma obesa. Aseguras que se llama Anastasia y me pides que te la mande por email.

Sueño: Anastasia me invita a su casa, hay pocos muebles y un balcón que rodea todo el salón. En la pared una sola foto sin interés de un diván cubierto de tapetes. Todo en la casa de esta paloma obesa me parece raro.

Estoy preparando una cuba pon música si quieres, me grita desde la cocina. Veo un CD de Bis, luego uno de Raphael. ¿Es Raphael? pregunto. No, me dice, es el otro, el francés, por favor no toques esos discos, son de mi compañera de casa.

Pone a Bowie y me sirve una cuba con trocitos de limón y ron Havana Club. Me mira como leyéndome el pensamiento y me dice condescendiente : No soy una paloma gorda, has quedado en evidencia como una chica suburbana, soy una colombe, en efecto, mucho más grande y gorda que las horribles palomas. Las colombe somos bonitas, en tonos apastelados, con nuestro infalible collar blanco. Volamos en balancín, colgándonos de trapecios invisibles para tomar impulso.

Me quedo muda y le doy un sorbito a mi cuba. Anastasia es apabullante. Estoy segura de que bebe ron con coca desde antes de que se pusiera de moda y que al despedirse dice tschüss en lugar de ciao no por pose parisina sino porque vivió en Berlín y no ha perdido la costumbre. Anastasia es admirable y lo sabe.

Ah, y la foto, me aclara mientras apura ella también su ron con coca, es el consultorio de Freud. Pero eso lo sabías ¿no?

Take Off

viernes, mayo 02, 2008
El personal, viendo al horizonte, repite una vez más la coreografía que casi nadie ve, yo me siento siempre obligada. Un día mi amigo Luis se robó un chaleco salvavidas y lo probamos en una piscina, se inflan en segundos provocando una sensación de sofoco. Apuro el Canada Dry (nada de alcoholes hoy), pongo mi asiento en posición vertical, abrocho mi cinturón y aseguro la mesa plegable situada frente a mí. Cierro los ojos y siento una gran tranquilidad. Se ve que soy la única en el avión rogando que si la vida no será lo que esperaba, nos estrellemos.

Di de nuevo sí sin titubear

domingo, abril 20, 2008

I'm Feelin rough I'm Feelin raw I'm in the prime of my life...

1
Hay apenas sesenta personas en este concierto acústico por el que he pagado cinco euros. El sonido es magnífico y me debato entre arrepentimiento de no estar grabando un bootleg y envidia por no ver a mis amigas tocando aquí, en lugar de en algún tugurio madrileño. El público es rara y mayormente yuppie (o su término equivalente de nos jours). Fotógrafos, periodistas musicales y yo. Y mi amigo Antonio (o Arturo o Ignacio) que opina que el público de El Perro del Mar es en algunos sectores el mismo de Presuntos Implicados.
Sale ella a cantar con la voz y la timidez incómoda por todo instrumento. Cuenta, sin mirarnos nunca a la cara, en episodios ininterrumpidos de tres minutos, lo triste que está. Lo que añora enamorarse. Luego se lamenta con Be-Bop-A-Lulas, y yo, como cantaba Gloria Trevi, le creo, le creo, le creo.

Hace sólo un encore a pesar del reclamo popular. Hay una puerta que lleva al backstage, la manija está mal y, con torpeza, tarda unos segundos en abrirla, sin levantar nunca la cabeza. La experiencia es tan congruente que nos vale como segundo encore.

2
He llegado al punto de inmovilidad anímica que produce el fastidio, el ennui famoso y su consecuente vergüenza por abandonarse al lujo del hartazgo. Debería borrar la última frase por mala, en lugar de eso decido rescatar mi noche de viernes y recurro a mi as de espadas de fuego que me dice: tengo un par de primos en París, punkitos y de extrarradio, pero te pillan jovencitos. Igual te tocaba pagar a ti.
Paso a buscarlos. Uno de ellos resulta ser el cantante de MGMT. Se pronuncia management, me dice mientras intento calcularle la edad. Los llevo a mi casa y los emborracho con Amaretto sour. En Arte pasan La Montaña Sagrada, la vemos, los tres por primera vez. Me retroencuentro con Jodorowsky por quien había perdido todo respeto, fascinada por su retrorelevancia y por las retroreferencias estéticas a artistas contemporáneos a retrodiestra y retrosiniestra (y a pesar de cierta ingenuidad y obsesiones recurrentes) veo casi media película.

Despierto a los niños, compramos un tetrabrick de tinto y nos vamos a Beaubourg a ver bailar la tektonick.

3
Un buen día en el Museo del Chopo en México, estábamos yo, Manoel de Oliveira, una soprano vestida de gala y otras cincuenta personas más. De Oliveira visitaba una exposición que incluía una foto suya, yo la exposición de un amigo, las otras cincuenta personas una cosa o la otra; la soprano vestida de gala, sólo ella sabe. En un momento se plantó, la soprano vestida de gala, frente al director portugués (entonces todavía de noventa y tantos) y le dijo, sin dejarle mucha opción: Maestro, me gustaría dedicarle una canción. Y lo hizo, ahí, a todo pulmón de soprano vestida de fiesta, frente al Maestro de Oliveira, cincuenta personas, mi amigo pintor y yo. Todos inmóviles incapaces de reaccionar. No recuerdo si aplaudí.

Ayer escuchando a Manos de Topo sentí lo mismo (inclasificable y no fácilmente descriptible) que aquel día.

4
Más que en París he vivido yo en una calle, en ésta. En una punta, en la otra. Cuando he de aventurarme lo hago siempre en este barrio, como la provinciana que soy y seré (me viene el recuerdo de la lección en la que me enseñaron el término "conciencia de clase"). He visto a celebridades de todo pelaje en este barrio mío, pretencioso y mariquita. Sin reconocerlas a veces, sabiéndoles sólo la palidez recién lavada de los famosos. Una vez me crucé con Carole Bouquet y fue como ver la luz. Hoy en el único súper abierto, como todos los mortales domingueros: Carine Roitfeld. Me produjo una mezcla de miedo y asombro ver que le diable, en las mañanas de domingo, se viste de Gap.

Dice George Clooney en The New Yorker de esta semana que su labor es encontrar la manera de que la gente que se acerca a los famosos no pierda su dignidad, que encuentre el camino de vuelta a su normalidad.

5
Voy, equivocándome, a una fiesta de disfraces; el amplio tema: Estados Unidos. Dos vienen de las torres gemelas, con avión, llamas y todo. El resto parece disfrazado de una combinación entre chica Hooters, cheerleader y Charlton Heston. La gente está irritantemente borracha e impertinente y a mi me recorre la vergüenza ajena de la sobriedad... o de la edad. Rescato a mi amiga que, en su elección de monja embarazada, es acosada por ebrios que le preguntan si de verdad lo está. Y nos vamos temprano a casa. En taxi, como los adultos.

Al día siguiente me esperan mis amigos en el bar, con croissants frescos y Hassen que sabe qué quiero sin que lo diga y que no me recibe cantando porque se imagina que Jean es mi papá. Vemos, luego, la exposición de Louise Bourgeois que parece haber nacido con ochenta años, me dan unas ganas hondísimas e inexplicables de protegerla, convencida de que me necesita. Sobrevolamos París desde Beaubourg y me explican mis amgios todos los edificios feos del panorama parisino y su responsable presidente en turno.

Me dejan en casa, comida y paseada, y pienso: qué pocas ganas de dejar de ser niña.