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Volver de KL (ficción)

miércoles, mayo 31, 2006
Como en una de esas historias de Raymond Carver (o Richard Ford) te decides en segundos a volver. Haces una llamada y acto seguido te ves en un teksi cruzando la noche lluviosa de Kuala Lumpur. Traffic jam, traffic jam, el chofer repite lo que ahora reconoces como el mantra de los conductores malasios. Sacas la cámara y en un acto un poco sin sentido (no sientes nostalgia) tomas la última foto de Kuala Lumpur.

Esa tarde sentada en el balcón en tu momento favorito del día (a las siete cuando el sol se pone, el calor se evapora y la mezquita retransmite a todo volumen su llamado a la oración) y contemplando las famosas torres (a las que nunca subiste) tienes la certitud de que jamás volverás a estar a esta hora en este justo lugar. En un reflejo (que no puedes muy bien calificar) sacas la cámara de video y filmas.

¿Porqué estás aquí? ¿México es ese país con los sombreros grandes? ¿Los hijos y el marido se quedaron allá? ¿Qué lentes utilizas con tu Canon no digital? El taxista, que resulta ser un fotógrafo amateur, te hace todas las preguntas reglamentarias.

Te pones los mismos pantalones negros con los que volaste (¿preferirías ser invisible o volar?) hacia acá, que no solo no lavaste durante toda tu estancia en Malasia sino que además usaste de forma intermitente durante las semanas previas a tu partida. Te da cierto placer pensar que tus valencianas contribuyen al intercambio de polvo y suciedad entre París y Kuala Lumpur. Contemplas no lavarlos nunca y llevarlos en los próximos viajes. Piensas en lo que diría tu mamá de todo esto.

El piloto dice que aterrizaremos en un París con primavera de seis grados, tú no estás segura si ha dicho six o sixteen (lo primero descubres después). Sigues haciendo como que lees «Women with Men», ves los ojos de Ford en la contraportada casi transparentes, ves al francesito guapo del asiento de al lado no deja de verte y tú te preguntas por qué. Te vuelves a quedar dormida recordando el día en que en la Machado, Miguel, el librero, dijo que Almodóvar había encargado libros de Richard Ford mientras rodaba "La Mala Educación".

El autobús y el taxi que te llevan a casa te cuestan un total de ochenta ringgit. Pierdes tu estatus de Lord of the Ringgit y en menos de tres horas en París gastas sin saber cómo sesenta euros.

En veinte minutos impartes, a petición del taxista parisino, una cátedra sobre Malasia, incluyendo sus etnias diferentes, su religión, los tipos de comida y su sistema político. Concluyes una llamada de cuarenta minutos con tu Pepe encomiándolo a bajarse ya el disco de The Raconteurs y contándole que al final México y Malasia no son tan diferentes, las dos tan prontas a ese nacionalismo acalorado (diferente del nacionalismo facha europeo pero igual de repulsivo), tu Pepe te pregunta si allá la gente grita: «¡Viva Malasia cabrones!» y a ti te da gusto estar en casa.

Cosas que he descubierto en Malasia

jueves, mayo 25, 2006

1. Los mamaks (una especie de fonda en la que se puede comer 24hrs al día, de todo por casi nada).
2. Que la frase "Que cómo me la maravillaría yo" (de "Bailando" mi canción favorita de Juan Gabriel) es de Lola Flores.
3. La "librería" japonesa Kinokuniya.
4. Cuánto me gusta París.
5. There's a light that never goes out cantada por The Magic Numbers.
6. Richard Ford.
7. Asia.
8. Soy bastante chapada a la antigua.
9. El teh tarik, una mezcla de tés con leche
10. Que sí, es cierto, los chinos dominarán el mundo y serán líderes crueles y arbitrarios.

Cosas que he redescubierto en Malasia:


1. La leche Milo, ese chocolate en polvo que el mundo entero (bueno, por lo menos México y creo que Japón) conoció hace décadas y que ahora existe únicamente en Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica, Jamaica, Kenia, Ghana y Malasia...

2. Que viajar y postear son actividades incompatibles.

Kuala Lumpur, mon amour

lunes, mayo 15, 2006
(post enmendado y aumentado)
Cada mañana, después de un desayuno que en cualquier país (incluso en México) contaría como festín navideño, salgo (o entro) en el sauna verde/asfalto kualalumpurense.

Kuala (como dicen que le llaman los locales) te gana por sublimación (en el sentido físico del término) y saturación: de verde, de humedad, de gente, de edificios, de anuncios, de marcas, de comida, de sabores, de etnias, de idiomas... queda claro que difícilmente volverás a sentir, oler o ver un escampado durante tu estancia.

Conozco ya bien, como debe de ser, siete centros comerciales (y los que me faltan) y el mercado (tianguis) de Chinatown. Así que tengo ya bien dominada la especialidad malaya: lo chafa (disculparán los mexicanismos pero un tercer mundo sólo puede describirse con el léxico de otro tercer mundo), la contrefaçon que le llaman.

Con menos de 50 ringgit (I'm thinkin' about my doorbell when ya gonna... etc) -que son unos veinte euros- uno se puede comprar diez películas en DVD o una temporada completa de cualquier serie de televisión. O bien lucir por 80 ringgit modelos de Puma y Adidas nunca antes vistos (si Adicolor fuese congruente estos mercaderes estarían ya cobrando regalías).

Los centros comerciales, otra especialidad malaya, existen en versión lujo asiático, gigantes y ostentosos de una forma a la que nosotros (o bueno, ellos) los occidentales jamás daremos alcance. Y los centros comerciales en versión Asia profunda, que no son otra cosa que mercados de seis pisos. "Organizados" de forma tal que si entras en uno y sigues caminando dentro de él bien podrías acabar en Sydney. Estos bastiones de la piratería y la rebatinga, ruidosos y llenos de gente dedican un piso a accesorios para el ipod, por ejemplo.


He encontrado que la exploración de un lugar inédito se vuelve mucho más interesante si uno empieza por las similitudes y no por las diferencias como siempre lo había creído. Malasia es tan como todo lo que conocemos (y tan poco a la vez) que uno queda reducido ante los alcances de la globalización y se pregunta si a base de facilitarnos las cosas no terminará por... qué sé yo, esas reflexiones se las dejo a Bono.

Por otro lado hay tantas cosas de Malasia que no me interesan (y eso qué, me dirán) siempre he pensado que una vez que has visto un país del tercer mundo los has visto todos, una vez que has crecido en uno quedas exento de apreciar las riquezas culturales y la generosa variedad ofrecida por la multiculturalidad y sólo tienes ojos para las diferencias sociales, los absurdos gubernamentales, etc.

En estas semanas entre el trabajo y todo lo que entra y sale (in English, sorry) no tendré mucho tiempo para mis inofensiveses (ya de entrada he parido este post con fórceps) así que, por el bien de todos, me absento intermitentemente (como tanto me gusta).

Gracias por todos los comentarios de bienvenida y no, no seré como Pedro y el lobo.

Lo caído

viernes, mayo 05, 2006
Ayer, no por primera vez, vi a una persona tirada en las calles de París. Caminando frente a La Samaritaine por la mañana me encontré a un lado del kiosco (y como en una versión nada frívola de ese video de Julieta Venegas en Madrid) a una mujer tirada a media calle. Vestida como una plañidera siciliana, con la cara cubierta y las piernas cruzadas parecía dormida o descansando. La gente la veía y luego pasaba de largo, yo hice lo mismo... sin dejar de ver hacia atrás, me daban ganas de llamar a alguien y pedir consejo ¿qué hago? ¿qué hace uno ante un ser humano tirado a media calle?

Al llegar a casa me encontré con esta foto de Joel Meyerowitz (Fallen man, 1967) en purse lip square jaw.

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A tus brazos otra vez


Había pensado irme del todo, desafiando a esos que dicen que nadie lo hace. Siempre supe que me arrepentiría y por fin lo hice. Luego pensé en tener un post en lugar de un blog. Y finalmente hoy en la mañana no podía recordar si la canción dice "yo sé perder" o "no sé perder"... y me di cuenta de que daba igual.












(Las fotos son parte de la serie Live! de Hatim El Hihi y Jean Marie Delbes)