Quedan pocas horas para que Francia se convierta en México. La transformación ha sido paulatina pero es. Ahora se desbocará. En el aire flota una sensación de condena a muerte. Así que todos nos dedicamos a darnos gusto, a tomar el sol, a bromear con el que vende el vino, las flores, la fruta, a intentar que nos quede siempre París.
Todos los domingos, domingo. Para despedir la Democracia en forma, como bromea mi amigo
J que con
I, su mujer, hacen las veces de padres putativos, vamos al mercado y frente a los pollos rostizados me doy cuenta de un gran vacío cognitivo y procedo: ¿I? ¿Cómo nacen los pollos? Es decir, ¿qué le hace el gallo a la gallina?
- Le pone algo en su piquito- me dice I sin titubear, con una certeza a la vez maternal y científica.
Avanzo un poco y continúo la indagación: ¿J? ¿Cómo nacen los pollos? J me ve con una mirada a la vez cartesiana y colonizadora y me suelta con su acento franco-mexicano: Pues así, el gallo se coge a la gallina y ya. Yo, entre cohibida y ofendida: ya, bueno se entiende, pero exactamente qué hace. Pues el gallo tiene un pene y ya- J se pone gráfico y el corrector de Word me subraya reprobador la palabrita.
Compramos toda una variedad de gambas y camarones y un pollo que, por lo menos yo, no pienso probar. I bate mayonesa y yo corto el echalote que me hace llorar, todas las cebollas europeas me hacen llorar.
Salimos a pasear, toda la zona de Bastille está llena de policías, para irnos acostumbrando dicen algunos. Nadie sabe como interpretar el miedo. En la tarde paseando, J me enseña su bistro favorito "Les Temps des Cerises", el mismo desde hace cuarenta años. Nos despedimos, me piden que no llame, estarán haciendo maletas como el resto.
No quiero volver a casa. Una exposición sobre
Beckett en
Beaubourg. No me parece correcto terminar el domingo en otro sitio. Este domingo en otro sitio. La exposición está tan bien que dan ganas de quedarse a vivir y poner la cama justo detrás de ese muro/página de
El innombrable por el que entra la luz y no sale nada. Pongo música y me siento a oírla en la sala tres de la exposición de Beckett.
No quiero salir pero hay que. La gente en la calle, con sus perros, con sus tes
à la menta, con sus bolsas del pan. Todos miran el reloj cada diez minutos. Todos nos miramos a los ojos como despidiéndonos.
Llego a casa. Falta media hora. Sobre la mesa mi casero me ha dejado una nota:
j’espère qu’aujourd’hui sera un très grand jour de joie. Me da un poco de risa y un poco de pena. Me hago un té y enciendo la tele.
Al final no entendí cómo lo hacen los pollos.
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