Edmundo es un pañuelo
sábado, junio 30, 2007El asiento 58 (ventanilla) lo pagué yo, pero lo ocupó mayormente su libro (algún spin off del Tolkiano) y sus piernas desparramadas de adolescente suizo o francés. A mí su hedor griposo me confinó a una esquinita con mi Todas las almas arrinconadito y mi Best of de Culture Club (¡al fin alguien me lo regaló!) y me obligaba a levantarme cada 15 minutos y a pasar horas frente a un café fronterizo en el coche restaurante.
La cosa terminó mal entre Gwen y yo. A él acabaron molestándole mis ires y venires incesantes de (a sus ojos) señora incontinente que le interrumpían el jueguito de la Play. Y yo joven sofisticada (a mis ojos) estuve a dos tosidos (suyos) de regarle un pañuelo, un vaso de agua y un tapabocas.
En el trayecto Lausana-París, el 25 de junio del 2007 en el tren de las 18h22 en el coche 16 y el asiento 23 (ventanilla) venía sentada yo cansadísima y feliz de tener el asiento 24 (pasillo) todito para mí, para mi botella de agua, para mis paprika chips y mi Todas las almas abierto por la mitad sobre el asiento.
En los asientos 36 y 35 venían dos señoras que pese a parecer gallegas eran árabes haciendo picnic y hablando sin parar de sus nietos (imagino). En el asiento 27 (ventanilla) una señora francesa que parecía suiza leyendo a Paulo Coelho y hablando de cosas que no precisan ser habladas por el celular.
En el asiento 32 (ventanilla) delante mío, venía alguien a quien un padre y una hermana niña despedían cariñosamente en la estación de Lausana, provocándome ganas de tener un papá y una hermana niña que me despidieran cariñosamente en la estación, luego recordando que los tengo pero no me despiden cariñosamente en la estación de Lausana ni en ninguna otra.
El hijo y hermano, desparramado también en el asiento 31 (pasillo) vacío, se levantó en algún momento y al verlo de cuerpo entero algo en él le pareció familiar a una parte mi cerebro que el resto de mi cuerpo y cerebro (alma corazón y vida) ignoró para seguir haciendo montoncitos de francos suizos que agotaría en el coche restaurante.
Al levantarme yo con mi fortuna metálica esa misma parte de mi cerebro (la que en dos semanas al ver el color rojo se acordará que anoche soñé con una tarántula que en realidad era un calcetín y con Robert Duvall) registró una Play Station en las manos adolescentes del asiento 32 (ventanilla).
Horas después, mientras en Dijon cruzaba los dedos con la esperanza de que nadie se sentará a mi lado aprisionándome a revivir el infierno del camino de ida, me di cuenta de lo mismo que ustedes ya habrán deducido: que con el cariño familiar, probablemente, a Gwen se le había quitado el resfriado.


A la Pili yo, como dice la canción, la encontré en la calle. Estaba la pobrecita sentada frente a un súper comiendo helado y ofreciéndolo- ante el espanto de las madres- a los niños que pasaban. ¿Tú eres la chica de la crema 
