<body><iframe src="http://www.blogger.com/navbar.g?targetBlogID=8150352&amp;blogName=prosa+inofensiva&amp;publishMode=PUBLISH_MODE_BLOGSPOT&amp;navbarType=SILVER&amp;layoutType=CLASSIC&amp;homepageUrl=http%3A%2F%2Fprosainofensiva.blogspot.com%2F&amp;searchRoot=http%3A%2F%2Fprosainofensiva.blogspot.com%2Fsearch" marginwidth="0" marginheight="0" scrolling="no" frameborder="0" height="30px" width="100%" id="navbar-iframe" title="Blogger Navigation and Search"></iframe> <div id="space-for-ie"></div>

Città intermittente

viernes, julio 27, 2007
Yo tomaba el tram todos los días de Trastevere a Monteverde, no me acuerdo del número de línea ni del nombre de la librería en la que mataba el tiempo cuando el tram tenía un retraso, pero sí de las proporciones zarzuelísticas que alcanzaba el pleito entre los que lo esperaban y los que lo administraban.

Me acuerdo del comme sei provvidenziale de mi compañero de piso, Leonardo no-me-acuerdo-qué, con el que recibía el jugo de naranja que preparaba cada mañana. Me acuerdo de sus zapatos, todos Prada, y de su foto con el elenco de alguna telenovela de la RAI. Era productor, creo.

Me acuerdo de la cara de aquel actor que viajaba en el mismo vagón de tram que yo, que bajó también en Monteverde. Me acuerdo que hacía de malo en The Bodyguard. Me acuerdo que caminamos juntos (lado a lado, no juntos juntos) hasta la puerta de mi edificio y que tocamos en el mismo interfón. Me acuerdo que era un amigo de Leonardo pero no me acuerdo de su nombre, había salido en un video de Madonna.

Me acuerdo de todas las veces en que Leo me recibía diciéndome que Patty Pravo, su gran amiga, acababa de irse y, una vez más me había quedado sin conocerla. Yo no sabía quién era Patty Pravo, ni en cuántas fiestas futuras cantaría Ragazzo Triste. Me acuerdo del día en que Leonardo teniendo frente a la Carrà en la RAI, le dijo, Señora en mis fiestas bailamos siempre sus canciones. No me acuerdo de los amigos con los que veíamos Sanremo pero me acuerdo que sobre la tele había una Barbie de Raffaella Carrà.

No me acuerdo de la cara de Chiara, nuestra vecina del primero, pero me acuerdo de la clave de su computadora (tartaruga rossa), me acuerdo de su vespa destartalada y de haber visto Saving Grace (en italiano) con ella en un cine pequeñito en el que había intermedio. Para llegar cruzamos un puente en su vespa, ¿tienes miedo? me preguntó Chiara que ahora está casada con un alemán y vive en una casa móvil. No, le mentí soñando que la vespa se descomponía de una buena vez y volvíamos a casa en el tram de cuyo número no me acuerdo y que en mi imaginación -como todos los caminos- recorre Roma.

Recuerdo todos los bares en los que desayunaba, pero no sus nombres ni su localización exacta. El de via Colfelice en el que mi hermano y yo nos disputábamos el último cornetto con nutella a las 11 y tantas. Me acuerdo de dos bares cerca de la embajada francesa, uno antiguo con mesas de mármol y una abuela que me fiaba los tazones de café con leche (mi papá trabaja aquí cerca, voy por dinero y se lo pago... y lo hacía) y otro más moderno en el que tomaba "el mejor cappuccino chiaro de Roma" según la leyenda y cuya espuma hacía siempre la forma de un corazón.

Me acuerdo de los sandwiches de pizza bianca con jamón de Parma e higos verdes que preparábamos para almorzar dejándonos timar en el mercado de Campo de' Fiori. De la heladería de los domingos que presumía de haber inventado la combinación arancia e cioccolato. Del chino siempre abierto y el cine de al lado, anunciando una película con Gene Hackman, siempre cerrado.

No me acuerdo del nombre de ninguna calle, pero recuerdo cómo era en la que viví de niña, en la que estaba el departamento, en la que estaba la escuela, me acuerdo de la que se parecía a una calle de la Condesa (de cuyo nombre tampoco me acuerdo) y en la plaza en que quedaba mi iglesia favorita. No me acuerdo el nombre de ningún cine pero recuerdo casi todas las películas que vi (en italiano y con intermedio). De la pirámide de Roma y el local de comida y baile árabe en el que trabajaba nuestra vecina de arriba, no me acuerdo de su nombre.

Me acuerdo de la mamá de Tomasz que admiraba a Verónica Castro y de su casa y de sus declaraciones de amor (de Tomasz, se entiende) tan imprevistas como fortuitas. Me acuerdo de Walid y su esposa finlandesa (no me acuerdo de su nombre) con quien vi mi única película en V.O. (Flawless), me acuerdo de la otra Chiara, pero no de su casa, de sus papás, pero no de sus nombres, de sus cenas excelentes y su curiosidad zapatista que, entre camarón y camarón, yo satisfacía inventando.

Me acuerdo de dos o tres pueblos con mar, pero no de sus nombres, de los barcos, de las tiendas, de las piedras del imperio romano, de la bruschetta con tomate a la orilla de un lago, de las cerezas en los puestos y las señoras que las vendían con un de nada tesoro. Del laberinto y cada uno de los puestos del mercado de pulgas de los domingos, pero no de su nombre ni de su localización (se llegaba, como a todo en el tram) del manojo de lápices de los años 50 que compré y de su marca (PRESBÍTERO).

En mayo del 2001 me fui de Roma por última vez, claro que en el 2001 hice tantas cosas por última vez (poner pie en Estados Unidos, enamorarme, creer en los proyectos de Damon Albarn, ver Las Chicas Superpoderosas, darle una oportunidad a Manu Chao, comer una bagel en una lavandería/café de Montreal a las 6 de la mañana, jugar a las cartas con mi mamá y mi abuela -viendo caer las torres gemelas, beber de una botella de Melox envuelta en una bolsa de papel, ver asar berenjenas, romperme el dedo gordo del pie...) que apenas me acuerdo de Roma.