ESPECIAL DE VERANO
domingo, agosto 05, 2007
El verano no es para escribir posts. El verano es para grabar discos para irrealizables road trips y después escucharlos con los amigos, inmóviles e inamovibles, bebiendo White Russian (la bebida de los perdedores). Para consultar abusivamente el Panhispánico de dudas. El verano es para verse inmerso en violentos triángulos amorosso. Para googlear a los compañeros del colegio. Y nuestro nombre con palabras al azar, como trip-hop, Kabul, Madonna...El verano es para tirarse bocarriba, ver la nada y eructar mientras se dice Rita Hayward. Incluso para quienes, como servidora, no hay verano, ni invierno y cada día es domingo (everyday is silent and grey), el verano no es para escribir posts.
Para eso están los amigos.
Así que le he pedido al insigne profesor Klossard que se arremangue la chaqueta (de piel con parches de pana), deje la pipa de enebro y se ponga guapo con un post. Se lo he pedido hace un año. El profesor, como la negrita de mis pesares, ha dicho que sí pero no cuándo. La espera valió la pena. Hoy, finalmente, cuando más en apuros esta damisela...helo aquí, para el verano. Todos los posts el post.
Lean y relean que hay más verano que vida.
Hago mío lo avanzado por un poeta a quien admiro: para las grandes preguntas celestes no tengo mayores respuestas que comentarios vulgares y sin gracia sobre las muchachas de estas tierras. Y sin mayor afán de ofender, respondo —tardíamente— a la invitación de la autora de las inofensivas prosas que animan tan ameno rincón del cyberespacio. Respondo con algo descosido y ligero; escritura frívola, pero también canalla, casi sin ideas propias, que cita de memoria y mañosamente las ajenas.
El que esto escribe lo hace desde París, donde mes con mes la segunda quincena lo sorprende paseando sin un centavo en el bolsillo. Lejos han quedado los sórdidos ayeres —doce años ya— en que, mediando la tarde, tras un complejo intercambio de señales, se dejaba abordar en cierta sección del bar de La Coupole por esas polveadas mujeres de edad ya respetable que pagan al contado a quien pase la aspiradora (desnudo, se sobre entiende) por sus mullidos interiores del 16ème arrondissement. Pero sí, las reiteradas penurias de fin mes me obligaron a perfeccionar algunas tretas, como aquella de pagar con palabras la cena en el dîner en ville al que se llega con las manos vacías. Si el objetivo a corto plazo consiste en llenarse copiosamente el vientre —sobre todo al tratarse de una buena mesa—, queda en línea de mira que la invitación se renueve. El arte de la conversación es, como se dice en inglés, a dying art, un arte que muere, circunstancia favorable, dada la escasa y mediocre competencia, para brillar en la charla de sobremesa. No es difícil, armado de una anécdota jugosa preparada de antemano y de una estrategia sutil, imponerse incluso en un salon mondain exigente, y comer bien y beber mejor dando a cambio meros malabarismos conceptuales, disquisiciones, chismes elevados a rango de dogma y de teoría.
Lo que a continuación ofrezco al costo es menos un ejemplo de tema que un modus operandi, útil a quien quiera probar fortuna en el noble oficio de gorrón ilustrado.
Apenas franqueada la puerta del recibidor, inquiérase ante anfitrión e invitados la identidad de la supuesta beldad pelirroja con quien se compartió en silencio el trayecto en el elevador. Descríbase el frescor de su tez, el porte altivo, la gracia de su postura, la vorágine ígnea de su cabellera; refiérase el implacable avance de los dígitos, la expulsión del paraíso:
…y en el quatrième étage las puertas mecánicas se abren, y ella, con una imperceptible inclinación de cabeza, parece agradecer el furtivo homenaje de nuestra mirada de adiós y sigue de largo en su rubicundo y fulgurante ascenso dentro de una nube de bergamota y lavanda firmada al calce por Guerlain...
El rojo es un color que la Naturaleza suele reservarse para sus más suntuosos derroches : la sangre, el fuego, los zorros, las cerezas, los cardenales, los rubíes. Y para cierta, singularísima, clase de mujeres. Si nuestra imaginaria compañera de viaje, pintada en pocos pero convincentes trazos, intriga a la concurrencia, el coup d’êtat estará prácticamente consumado. Pero cédase a menudo, con oportunidad, la palabra, y retómese ésta con calculada discreción:
Siempre me gustaron las pelirrojas. Confieso sin embargo que la nuestra es la historia de un amor no correspondido… En sus momentos más álgidos bien se pudo que divisara yo a alguna hermosa pelirroja en la acera opuesta y que cruzara en diagonal la rue de Paradis para caminar tras ella durante varias cuadras queriendo husmear su huidiza fragancia (al tiempo que, con una exaltación romántica digna de fundir en uno a Fréderic Moreau, Augie March y Arturo Bandini, le juraba mentalmente amor eterno).
Y es que en el folklore francés la pelirroja desprende un olor entre acebollado y picante, menstrual, dulzonamente animal. Tal aroma era, para el Medioevo, el remanente delator de los desenfrenados aquelarres en que las pelirrojas se entregaban al comercio carnal con un macho cabrío. Por lo cual se las miraba con desconfianza y no se dudaba mucho para arrastrarlas a la pira… Pero con los tiempos las mentalidades cambian y con ellas las explicaciones de las cosas. Asociada a dicho aroma, la reputación de fogosidad pasional de las mujeres taheñas, real o imaginada, persiste.
Recojo mi anécdota de sobremesa ya en plena Edad de la Razón: menciona Chamfort en una de sus máximas morales que el Delfín, heredero del trono de Francia, amó apasionadamente a su primera maîtresse. Ésta era, hélàs, pelirroja, y presentaba por ende el désagrément olfativo asociado. ¡Cuán trabajoso le resultó al Delfín amar a sus concubinas posteriores! La razón que aducía: éstas no olían a mujer. Para el futuro rey, se sonríe Chamfort, aquel olor acre era el olor del sexo.
Louis XIV, consentirá de buen grado el auditorio, fue un notorio homme à femmes. (Quien se tome la molestia de verificar fuentes verá que en la frase de Chamfort la identificación del cetáceo en cuestión es no es sencilla. Pero —alevosa chapucería narrativa— se gana con adjudicar la anécdota al llamado Rey Sol. El auditorio, ya en su segundo bourbon-soda, cree así saber de quién se le habla y reblandece sus reticencias e incredulidades. Conviene, no obstante, irse con tiento: pude que algún contertulio, de derecha y versado en Historia de Francia, quiera retarlo a uno a recitar linajes...) A la luz de la indiscreción de Chamfort podemos interpretar y explicar su donjuanismo rampante como la búsqueda de un aroma original, del aroma primigenio del amor, de aquel primer olor hembra que, despótico, proclamara: « L’amour, c’est moi. »
Su percepción ulterior de cómo debe oler la mujer, de cómo debe oler el amor, va ligada a esa primera experiencia pasional. Lacónicamente, al final de L’éducation sentimentale se nos informa que, amores, Fréderic Moreau tuvo otros, pero que a la luz de su pasión primera le resultaron desvaídos. Así, al solar Louis XIV, en los sucesivo, las mujeres resultaríanle comparativamente insulsas, pálido el amor. Espuela que no haría sino acuciar su satiriasis.
De cariz levemente escabroso, la anécdota referida por Chamfort da para bastante. Escandaliza juste ce qu’il faut, y el fabular —sin el más mínimo asomo de rigor historiográfico, claro está— sobre la pérdida de la virginidad de Luis XIV permite encauzar la conversación general hacia las confesiones íntimas. Reditúa, para encarrilarlos, poner el ejemplo:
Por lo general me atraen las mujeres de elegancia artificiosa, las que sabiendo servirse de los signos, despliegan sofisticación y desdeñosa rutilancia. Pero también, claro está, me atraen las « naturales ». No sé a ustedes, pero personalmente los olores femeninos de la mujer amada nunca me han molestado outre mesure: no hacen sino volver más picantes sus misterios…
Y acto seguido, sin darle el tiempo de prepararse, pregúntese a mansalva a alguna tertuliana “Bueno, y para Usted ¿a qué huele el amor?”, oportunidad de confrontar a los convidados —o, ya aquí, a los lectores— a su impúdica corporeidad.
Ya que estamos para confesiones, perdí mi virtud —tarde para mis expectativas— sobre un enorme cojín florido. Se la llevó, sorpresivamente, una hermosa muchacha de cabello castaño a quien después amé, y mucho. Nunca, en la abigarrada historia de mi educación sentimental —así es la vida— me tocó confrontarme al tú por tú con la virginidad ajena. Y ya a edades como la mía —pasados los treinta y cinco— resultaría de sospechoso mal gusto eso de ponerse uno a procurar tal tipo de situaciones.
Esa misma muchacha de pelo castaño me trajo una vez de Saint Thomas, donde su abuelo materno vivía un exilio caribeño, una camiseta-souvenir, que no me puse mucho (acaso porque the joke was on me), que proclamaba con jactancia : « I’ve been on a virgin. ». Y abajo, escrito entre paréntesis en letras más pequeñas: « ( Island ) ». Atrás, ya en las espaldas, podía leerse « St. Thomas, Virgin Islands ».
La primera vez que uno probó una cereza, esa primera cereza fue todas las cerezas. La primera cereza evoca o representa la totalidad de las cerezas, engloba o encarna, ella sola, la experiencia cereza. Ya luego se aprende a discriminar y hay cerezas demasiado maduras, cerezas ácidas, cerezas mediocres, cerezas al punto, cerezas comenzando a fermentar, cerezas picadas de gusano. Pero una « primera vez » se graba en la memoria con fuerza talismánica, se atesora.
No elegí las cerezas por azar. El slang designa « cherry » al hymen y, por extensión, a la muchacha virgen. « To pop the cherry » es perder la virginidad, pero la expresión se emplea más bien en sentido activo: llevarse la virginidad de la mozuela (o como se dice vulgarmente en mi país, estrenarla). La imagen de la cereza reventada es explícita: alude a la flor carmesí sobre la otrora inmaculada blancura de la sábana.
Ahora, las cerezas son frutas de estación. Con lo que en cierta medida, nos permiten cada año revivir de manera facticia —nostalgia de la inocencia perdida— la experiencia de « primera vez »; reexperimentar un sucedáneo del deslumbramiento original. ¿Es acaso lo que nos impele a partir, a cada tanto, en pos de una nueva amante? Para Louis XIV, pareciera serlo. La raíz de su problema: erigir en regla la excepción. Otra hubiera sido la historia —y acaso otra hubiera sido la Historia— si la odorífera primera amante no fuera, pongamos, sino la sexta en fila. Regla y excepción desempeñarían cabalmente lo que se espera de ellas.
Chamfort dejó en su veliz póstumo otro papelito en que apunta que al enfrentar un plato de cerezas uno comienza por elegir cuidadosamente las más grandes, las más lustrosas, pero que termina siempre por seguirse de largo y zamparse el plato entero... ¿Del donjuanismo como vertiente masculina de la histeria? Sabemos que el empacho de cerezas Don Giovanni viene a pagarlo en el atroz abrazo de ultratumba, entre gélido y flamígero, del Comendador.
Las mujeres bellas abundan. Las pelirrojas son excepciones. Las bellas pelirrojas, excepciones dentro de la excepción… Pocas tierras, sin embargo, tan generosas en muchachas de cabellera de fuego y de lechosa piel espolvoreada de pecas como las Islas Británicas. Escocia e Irlanda sobre todo, donde las pelirrojas son proporcionalmente más numerosas que en cualquier otra latitud. Dada tal abundancia estadística uno requiere, para orientarse, de un instrumental léxico de mayor precisión. Se dispone por ello de sub-clasificaciones tonales como venetian blond, fiery, strawberry, ginger.
Algo aprendí al respecto, bien que de segunda mano, hará un par de años en un pub londinense. Notando que mi mirada se distraía más de la cuenta en la encendida pelirroja al otro extremo de la barra, mi amigo Toby Coke, sabedor, me pone al tanto con guiño cómplice: « ginger minge ». Minge designa el vello púbico; ginger, aunque literalmente designe al jengibre, raíz tuberosa de afrodisíacas virtudes, remite a un rojo claro, casi anaranjado. El vello púbico de una pelirroja es materia habitual para la fantasía especulativa: como ocurre con las como las legalmente rubias, bien se puede que las pelirrojas ostenten un pubis castaño oscuro. [Ahí, de haber entre la concurrencia alguna invitada rubia, no se deje pasar la ocasión de solicitar —con un n’est-ce pas? acompañado de una leve inclinación de cabeza— su asentimiento.] Y en el fantaseo de una ginger minger (the curtains match the carpet) se cifra el anhelo de algo así como una validación suprema de autenticidad, promesa espasmódica de gozos y deleites. Pues también Outre-Manche se confiere a las pelirrojas un alto coeficiente pasional. « Rusty roof, damp cellar » —a techo oxidado, sótanos húmedos—, reza la ecuación barriobajera que equipara cabello rojo a partes pudendas pródigamente lubricadas.
La oferta pornográfica en internet propone nichos variadísimos que acogen toda índole de focalizaciones eróticas. No faltan en ella los sitios consagrados exclusivamente a las encueradas pelirrojas. Les ahorro aquí, con falso pudor, el enlace internet; no les dará trabajo hallar alguno. No se condene a la ligera a sus suscriptores; bien se puede que esas focalizaciones afirmen versiones creativas de la sexualidad, versiones que escapan a la normatividad. Di-versiones? Per-versiones? De abrirse a debate, habría que discutir en qué punto del continuum ubicar al Rey Sol. En un extremo del mismo quedaría, es claro, el infame Jean-Baptiste Grenouille, contemporáneo ficcional del joven Chamfort.
No sé qué valor literario tenga hoy, a su relectura, aquel gran suceso editorial de los años 80, El Perfume. Se me desdibuja el estilo, el bulto de la intriga, pero de mi lectura adolescente recuerdo —lo cual no deja de ser inquietante— dos detalles: 1. El rastro que turba y desequilibra a Jean-Baptiste Grenouille al punto de llevarlo al crimen, rastro que va husmeando como un sabueso por las malolientes y enrevesadas callejuelas del Marais, es la fragancia natural de una pelirroja de ojos verdes; 2. Una novela más tarde, y ya asesino serial de dos docenas de vírgenes, la última víctima cuya vida el artista perfumero siega para colectar su virginal aroma de jeune fille en fleur es también una hermosa pelirroja, homenaje apasionado a su primera vez. Tras estrangularla, Grenouille huye llevándose consigo cabellera y corpiño…
Aún con su reputada propensión a las cosas del amor, las pelirrojas me han, hasta hoy, hecho de lado con cruel indiferencia. Justo a mí, tan dispuesto a quererlas. A mí, que ocupo, frustrado, el extremo opuesto a Grenouille en el continuum de sus admiradores.
Mi pasión insatisfecha me habita desde antes, mucho antes, del episodio del gran cojín florido. No fue el psicoanálisis el que me develara su origen soterrado (nunca, dicho sea de paso, me he animado a consultar un psiquiatra: si éste, sospecho, lograra curarme de angustias y neurosis, con ellas se llevaría mis modestas facultades creativas —entre ellas la compulsión charlatana que me compele de cuándo vez en a presidir abusivamente una sobremesa). No, el origen de tan asimétrica pasión no lo descubrí sino hará cosa de dos años.
Correspondencia en la estación Saint-Lazare. Larga caminata subterránea rumbo al andén de la línea 13, dirección Chatillon-Montrouge. De improviso, bajo el macilento neón de un cruce de pasillos: ¡Dafne! Un remotísimo, olvidado, amor infantil. Dafne, en carne y hueso (bueno, impresa en un cartel publicitario, pero en carne y hueso). Dafne, glamorosa y altiva, los ribetes lilas de su vestido morado a unos ocho dedos por encima de la rodilla, sus deliciosos tobillos, la pañoleta en chiffon de soie anudada en verde a la esbelta garganta, la aristocrática diadema sofrenando la roja cabellera…
Claro está que ni me reconoció. Si lo hizo, fingió no inmutarse. Ya las cosas bien miradas, se trataba del póster de una película de estreno que adapta, con actores reales, Scooby-Doo, la serie de dibujos animados de Hannah-Barbera. Sin duda la recuerdan: es aquella en que una pandilla, acompañada por un Gran Danés que hace siempre gala de cobardía, confronta viscosas criaturas del pantano, desenmascara enharinados piratas fantasmas, y resuelve casi por accidente misteriosos entuertos menor o mayormente sobrenaturales.
La otra Dafne, la Dafne clásica, la de Las metamorfosis de Ovidio (Libro I: 452-567), es la beldad inalcanzable, que nos mira arder sin curiosidad ni comprensión, gélida frente a la pira de nuestro desgarrado amor. Lo cual no contradice —me lo hubiera aclarado la voz adormilada al lado del diván— la asimetría de mi pasión. “No nos equivoquemos acerca de las figuras altivas y silenciosas: se trata de almas tímidas”, intenta reconfortarme Jules Renard.
Quand vous en serez au temps des cerises / Si vous avez peur des chagrins d'amour / Evitez les belles, aconseja por su parte Yves Montand, quien en Le Temps des Cerises nos pone en guardia contra masoquismos innecesarios: si se recela de las penas de amor, más vale evitar las mujeres bellas.
El limpio punteo de la guitarra, la descorazonada harmónica y su suspiro final. De tan simple y sentida, Girl from the North Country, la canción de Bob Dylan, algo tiene de eterno. Acaso porque Dylan tomó prestada la melodía —y un par de versos— de una balada anónima, irlandesa o escocesa diría yo. También Joe Cocker & Leon Russell, Johnny Cash, o Rod Stewart la han interpretado, cada uno según su idiosincrasia. Se ponen de acuerdo en lo siguiente: un viajero se dispone a partir rumbo al Norte, un norte remoto, agreste y borrascoso; la voz que canta pide al viajero que, estando allá, pase a visitar a cierta muchacha a quien antaño amó. Le pide se cerciore de que aún lleve largo el cabello, en amplios rizos que desciendan hasta sus pechos; que vele a que un buen abrigo la resguarde de las ventiscas; que averigüe, por último, si ella aún lo recuerda.
Es una perfecta canción de razbliuto, palabra rusa pertinentísima que no he hallado en ningún otro idioma y que nombra al sentimiento de ternura triste y melancólica que se guarda hacia alguien a quien alguna vez se amó. La voz que canta sabe que no volverá a verla.
En la versión que, mediando los tan denostados años 80, hizo de ella Pete Townshend se altera el esquema rítmico, por lo que cada verso exige una sílaba más. En el verso que se interroga sobre sus cabellos tal sílaba la aporta la palabra red:
Please see for me that her red hair is long
And flows and curls down to her back and breast.
Please see for me that her red hair is long
For that's the way I remember her best
Por meras cuestiones de métrica, la muchacha del Norte, antigua novia de cabello castaño, negro, rubio, vaya usted a saber, se ha visto alquímicamente transmutada —sublimada— en una pelirroja : la chica pelirroja a quien antaño se amó.
Bueno, ¿y los invitados? No hay que preocuparse demasiado por ellos: hace tiempo que —como los lectores— nos han dejado hablando solos. Como un televisor desaforado que se quedó encendido en una pieza vacía…
Prof. Klossard, París, verano del 2007.
N.B.: Cuando, hará cosa de un año, d. minúscula me convidó/conminó a ocuparme de prosainofensiva en una de sus entregas venideras me puso como sola condición que el título de mi colaboración retomara el de alguna canción de los Ramones. Así es d. minúscula, echa mano de viejos resabios de Oulipismo para ayudarse a poner orden en el cosmos, así se trate de un orden arbitrario. Por no contrariarla, me di una vuelta por la red para consultar la discografía de los Ramones. ¡Oh sorpresa ! Su producción, más vasta de lo que imaginaba. ¿Será que el “chemo” no era tan dañino como nos hicieron creer? El caso es que sí, hallé varios títulos que podrían convenir al « Argumento para animar una sobremesa ». Retuve varios con la intención primera de entretejerlos aquí y allá a lo largo de mi prosa, pero mi propia contrainte Oulipienne me vino un poco estrecha. Estos eran: Got A Lot to Say, Journey to the Center of the Mind, Freak of Nature, Psycho Therapy, Listen to My Heart. Finalmente, me quedo con My-My Kind of a Girl.
N. B. 2 : Para quien no estuviera al tanto, d.minúscula —tan My-My Kind of a Girl—, es pe-li-rro-ja.
Para eso están los amigos.
Así que le he pedido al insigne profesor Klossard que se arremangue la chaqueta (de piel con parches de pana), deje la pipa de enebro y se ponga guapo con un post. Se lo he pedido hace un año. El profesor, como la negrita de mis pesares, ha dicho que sí pero no cuándo. La espera valió la pena. Hoy, finalmente, cuando más en apuros esta damisela...helo aquí, para el verano. Todos los posts el post.
Lean y relean que hay más verano que vida.
ARGUMENTO PARA ANIMAR UNA SOBREMESA
(My-My Kind of a Girl)
Hago mío lo avanzado por un poeta a quien admiro: para las grandes preguntas celestes no tengo mayores respuestas que comentarios vulgares y sin gracia sobre las muchachas de estas tierras. Y sin mayor afán de ofender, respondo —tardíamente— a la invitación de la autora de las inofensivas prosas que animan tan ameno rincón del cyberespacio. Respondo con algo descosido y ligero; escritura frívola, pero también canalla, casi sin ideas propias, que cita de memoria y mañosamente las ajenas.El que esto escribe lo hace desde París, donde mes con mes la segunda quincena lo sorprende paseando sin un centavo en el bolsillo. Lejos han quedado los sórdidos ayeres —doce años ya— en que, mediando la tarde, tras un complejo intercambio de señales, se dejaba abordar en cierta sección del bar de La Coupole por esas polveadas mujeres de edad ya respetable que pagan al contado a quien pase la aspiradora (desnudo, se sobre entiende) por sus mullidos interiores del 16ème arrondissement. Pero sí, las reiteradas penurias de fin mes me obligaron a perfeccionar algunas tretas, como aquella de pagar con palabras la cena en el dîner en ville al que se llega con las manos vacías. Si el objetivo a corto plazo consiste en llenarse copiosamente el vientre —sobre todo al tratarse de una buena mesa—, queda en línea de mira que la invitación se renueve. El arte de la conversación es, como se dice en inglés, a dying art, un arte que muere, circunstancia favorable, dada la escasa y mediocre competencia, para brillar en la charla de sobremesa. No es difícil, armado de una anécdota jugosa preparada de antemano y de una estrategia sutil, imponerse incluso en un salon mondain exigente, y comer bien y beber mejor dando a cambio meros malabarismos conceptuales, disquisiciones, chismes elevados a rango de dogma y de teoría.
Lo que a continuación ofrezco al costo es menos un ejemplo de tema que un modus operandi, útil a quien quiera probar fortuna en el noble oficio de gorrón ilustrado.
Apenas franqueada la puerta del recibidor, inquiérase ante anfitrión e invitados la identidad de la supuesta beldad pelirroja con quien se compartió en silencio el trayecto en el elevador. Descríbase el frescor de su tez, el porte altivo, la gracia de su postura, la vorágine ígnea de su cabellera; refiérase el implacable avance de los dígitos, la expulsión del paraíso:
…y en el quatrième étage las puertas mecánicas se abren, y ella, con una imperceptible inclinación de cabeza, parece agradecer el furtivo homenaje de nuestra mirada de adiós y sigue de largo en su rubicundo y fulgurante ascenso dentro de una nube de bergamota y lavanda firmada al calce por Guerlain...
El rojo es un color que la Naturaleza suele reservarse para sus más suntuosos derroches : la sangre, el fuego, los zorros, las cerezas, los cardenales, los rubíes. Y para cierta, singularísima, clase de mujeres. Si nuestra imaginaria compañera de viaje, pintada en pocos pero convincentes trazos, intriga a la concurrencia, el coup d’êtat estará prácticamente consumado. Pero cédase a menudo, con oportunidad, la palabra, y retómese ésta con calculada discreción:
Siempre me gustaron las pelirrojas. Confieso sin embargo que la nuestra es la historia de un amor no correspondido… En sus momentos más álgidos bien se pudo que divisara yo a alguna hermosa pelirroja en la acera opuesta y que cruzara en diagonal la rue de Paradis para caminar tras ella durante varias cuadras queriendo husmear su huidiza fragancia (al tiempo que, con una exaltación romántica digna de fundir en uno a Fréderic Moreau, Augie March y Arturo Bandini, le juraba mentalmente amor eterno).
Y es que en el folklore francés la pelirroja desprende un olor entre acebollado y picante, menstrual, dulzonamente animal. Tal aroma era, para el Medioevo, el remanente delator de los desenfrenados aquelarres en que las pelirrojas se entregaban al comercio carnal con un macho cabrío. Por lo cual se las miraba con desconfianza y no se dudaba mucho para arrastrarlas a la pira… Pero con los tiempos las mentalidades cambian y con ellas las explicaciones de las cosas. Asociada a dicho aroma, la reputación de fogosidad pasional de las mujeres taheñas, real o imaginada, persiste.
Recojo mi anécdota de sobremesa ya en plena Edad de la Razón: menciona Chamfort en una de sus máximas morales que el Delfín, heredero del trono de Francia, amó apasionadamente a su primera maîtresse. Ésta era, hélàs, pelirroja, y presentaba por ende el désagrément olfativo asociado. ¡Cuán trabajoso le resultó al Delfín amar a sus concubinas posteriores! La razón que aducía: éstas no olían a mujer. Para el futuro rey, se sonríe Chamfort, aquel olor acre era el olor del sexo.
Louis XIV, consentirá de buen grado el auditorio, fue un notorio homme à femmes. (Quien se tome la molestia de verificar fuentes verá que en la frase de Chamfort la identificación del cetáceo en cuestión es no es sencilla. Pero —alevosa chapucería narrativa— se gana con adjudicar la anécdota al llamado Rey Sol. El auditorio, ya en su segundo bourbon-soda, cree así saber de quién se le habla y reblandece sus reticencias e incredulidades. Conviene, no obstante, irse con tiento: pude que algún contertulio, de derecha y versado en Historia de Francia, quiera retarlo a uno a recitar linajes...) A la luz de la indiscreción de Chamfort podemos interpretar y explicar su donjuanismo rampante como la búsqueda de un aroma original, del aroma primigenio del amor, de aquel primer olor hembra que, despótico, proclamara: « L’amour, c’est moi. »
Su percepción ulterior de cómo debe oler la mujer, de cómo debe oler el amor, va ligada a esa primera experiencia pasional. Lacónicamente, al final de L’éducation sentimentale se nos informa que, amores, Fréderic Moreau tuvo otros, pero que a la luz de su pasión primera le resultaron desvaídos. Así, al solar Louis XIV, en los sucesivo, las mujeres resultaríanle comparativamente insulsas, pálido el amor. Espuela que no haría sino acuciar su satiriasis.
De cariz levemente escabroso, la anécdota referida por Chamfort da para bastante. Escandaliza juste ce qu’il faut, y el fabular —sin el más mínimo asomo de rigor historiográfico, claro está— sobre la pérdida de la virginidad de Luis XIV permite encauzar la conversación general hacia las confesiones íntimas. Reditúa, para encarrilarlos, poner el ejemplo:
Por lo general me atraen las mujeres de elegancia artificiosa, las que sabiendo servirse de los signos, despliegan sofisticación y desdeñosa rutilancia. Pero también, claro está, me atraen las « naturales ». No sé a ustedes, pero personalmente los olores femeninos de la mujer amada nunca me han molestado outre mesure: no hacen sino volver más picantes sus misterios…
Y acto seguido, sin darle el tiempo de prepararse, pregúntese a mansalva a alguna tertuliana “Bueno, y para Usted ¿a qué huele el amor?”, oportunidad de confrontar a los convidados —o, ya aquí, a los lectores— a su impúdica corporeidad.
Ya que estamos para confesiones, perdí mi virtud —tarde para mis expectativas— sobre un enorme cojín florido. Se la llevó, sorpresivamente, una hermosa muchacha de cabello castaño a quien después amé, y mucho. Nunca, en la abigarrada historia de mi educación sentimental —así es la vida— me tocó confrontarme al tú por tú con la virginidad ajena. Y ya a edades como la mía —pasados los treinta y cinco— resultaría de sospechoso mal gusto eso de ponerse uno a procurar tal tipo de situaciones.
Esa misma muchacha de pelo castaño me trajo una vez de Saint Thomas, donde su abuelo materno vivía un exilio caribeño, una camiseta-souvenir, que no me puse mucho (acaso porque the joke was on me), que proclamaba con jactancia : « I’ve been on a virgin. ». Y abajo, escrito entre paréntesis en letras más pequeñas: « ( Island ) ». Atrás, ya en las espaldas, podía leerse « St. Thomas, Virgin Islands ».
La primera vez que uno probó una cereza, esa primera cereza fue todas las cerezas. La primera cereza evoca o representa la totalidad de las cerezas, engloba o encarna, ella sola, la experiencia cereza. Ya luego se aprende a discriminar y hay cerezas demasiado maduras, cerezas ácidas, cerezas mediocres, cerezas al punto, cerezas comenzando a fermentar, cerezas picadas de gusano. Pero una « primera vez » se graba en la memoria con fuerza talismánica, se atesora.No elegí las cerezas por azar. El slang designa « cherry » al hymen y, por extensión, a la muchacha virgen. « To pop the cherry » es perder la virginidad, pero la expresión se emplea más bien en sentido activo: llevarse la virginidad de la mozuela (o como se dice vulgarmente en mi país, estrenarla). La imagen de la cereza reventada es explícita: alude a la flor carmesí sobre la otrora inmaculada blancura de la sábana.
Ahora, las cerezas son frutas de estación. Con lo que en cierta medida, nos permiten cada año revivir de manera facticia —nostalgia de la inocencia perdida— la experiencia de « primera vez »; reexperimentar un sucedáneo del deslumbramiento original. ¿Es acaso lo que nos impele a partir, a cada tanto, en pos de una nueva amante? Para Louis XIV, pareciera serlo. La raíz de su problema: erigir en regla la excepción. Otra hubiera sido la historia —y acaso otra hubiera sido la Historia— si la odorífera primera amante no fuera, pongamos, sino la sexta en fila. Regla y excepción desempeñarían cabalmente lo que se espera de ellas.
Chamfort dejó en su veliz póstumo otro papelito en que apunta que al enfrentar un plato de cerezas uno comienza por elegir cuidadosamente las más grandes, las más lustrosas, pero que termina siempre por seguirse de largo y zamparse el plato entero... ¿Del donjuanismo como vertiente masculina de la histeria? Sabemos que el empacho de cerezas Don Giovanni viene a pagarlo en el atroz abrazo de ultratumba, entre gélido y flamígero, del Comendador.
Las mujeres bellas abundan. Las pelirrojas son excepciones. Las bellas pelirrojas, excepciones dentro de la excepción… Pocas tierras, sin embargo, tan generosas en muchachas de cabellera de fuego y de lechosa piel espolvoreada de pecas como las Islas Británicas. Escocia e Irlanda sobre todo, donde las pelirrojas son proporcionalmente más numerosas que en cualquier otra latitud. Dada tal abundancia estadística uno requiere, para orientarse, de un instrumental léxico de mayor precisión. Se dispone por ello de sub-clasificaciones tonales como venetian blond, fiery, strawberry, ginger.
Algo aprendí al respecto, bien que de segunda mano, hará un par de años en un pub londinense. Notando que mi mirada se distraía más de la cuenta en la encendida pelirroja al otro extremo de la barra, mi amigo Toby Coke, sabedor, me pone al tanto con guiño cómplice: « ginger minge ». Minge designa el vello púbico; ginger, aunque literalmente designe al jengibre, raíz tuberosa de afrodisíacas virtudes, remite a un rojo claro, casi anaranjado. El vello púbico de una pelirroja es materia habitual para la fantasía especulativa: como ocurre con las como las legalmente rubias, bien se puede que las pelirrojas ostenten un pubis castaño oscuro. [Ahí, de haber entre la concurrencia alguna invitada rubia, no se deje pasar la ocasión de solicitar —con un n’est-ce pas? acompañado de una leve inclinación de cabeza— su asentimiento.] Y en el fantaseo de una ginger minger (the curtains match the carpet) se cifra el anhelo de algo así como una validación suprema de autenticidad, promesa espasmódica de gozos y deleites. Pues también Outre-Manche se confiere a las pelirrojas un alto coeficiente pasional. « Rusty roof, damp cellar » —a techo oxidado, sótanos húmedos—, reza la ecuación barriobajera que equipara cabello rojo a partes pudendas pródigamente lubricadas.
La oferta pornográfica en internet propone nichos variadísimos que acogen toda índole de focalizaciones eróticas. No faltan en ella los sitios consagrados exclusivamente a las encueradas pelirrojas. Les ahorro aquí, con falso pudor, el enlace internet; no les dará trabajo hallar alguno. No se condene a la ligera a sus suscriptores; bien se puede que esas focalizaciones afirmen versiones creativas de la sexualidad, versiones que escapan a la normatividad. Di-versiones? Per-versiones? De abrirse a debate, habría que discutir en qué punto del continuum ubicar al Rey Sol. En un extremo del mismo quedaría, es claro, el infame Jean-Baptiste Grenouille, contemporáneo ficcional del joven Chamfort.
No sé qué valor literario tenga hoy, a su relectura, aquel gran suceso editorial de los años 80, El Perfume. Se me desdibuja el estilo, el bulto de la intriga, pero de mi lectura adolescente recuerdo —lo cual no deja de ser inquietante— dos detalles: 1. El rastro que turba y desequilibra a Jean-Baptiste Grenouille al punto de llevarlo al crimen, rastro que va husmeando como un sabueso por las malolientes y enrevesadas callejuelas del Marais, es la fragancia natural de una pelirroja de ojos verdes; 2. Una novela más tarde, y ya asesino serial de dos docenas de vírgenes, la última víctima cuya vida el artista perfumero siega para colectar su virginal aroma de jeune fille en fleur es también una hermosa pelirroja, homenaje apasionado a su primera vez. Tras estrangularla, Grenouille huye llevándose consigo cabellera y corpiño…
Aún con su reputada propensión a las cosas del amor, las pelirrojas me han, hasta hoy, hecho de lado con cruel indiferencia. Justo a mí, tan dispuesto a quererlas. A mí, que ocupo, frustrado, el extremo opuesto a Grenouille en el continuum de sus admiradores.
Mi pasión insatisfecha me habita desde antes, mucho antes, del episodio del gran cojín florido. No fue el psicoanálisis el que me develara su origen soterrado (nunca, dicho sea de paso, me he animado a consultar un psiquiatra: si éste, sospecho, lograra curarme de angustias y neurosis, con ellas se llevaría mis modestas facultades creativas —entre ellas la compulsión charlatana que me compele de cuándo vez en a presidir abusivamente una sobremesa). No, el origen de tan asimétrica pasión no lo descubrí sino hará cosa de dos años.
Correspondencia en la estación Saint-Lazare. Larga caminata subterránea rumbo al andén de la línea 13, dirección Chatillon-Montrouge. De improviso, bajo el macilento neón de un cruce de pasillos: ¡Dafne! Un remotísimo, olvidado, amor infantil. Dafne, en carne y hueso (bueno, impresa en un cartel publicitario, pero en carne y hueso). Dafne, glamorosa y altiva, los ribetes lilas de su vestido morado a unos ocho dedos por encima de la rodilla, sus deliciosos tobillos, la pañoleta en chiffon de soie anudada en verde a la esbelta garganta, la aristocrática diadema sofrenando la roja cabellera…
Claro está que ni me reconoció. Si lo hizo, fingió no inmutarse. Ya las cosas bien miradas, se trataba del póster de una película de estreno que adapta, con actores reales, Scooby-Doo, la serie de dibujos animados de Hannah-Barbera. Sin duda la recuerdan: es aquella en que una pandilla, acompañada por un Gran Danés que hace siempre gala de cobardía, confronta viscosas criaturas del pantano, desenmascara enharinados piratas fantasmas, y resuelve casi por accidente misteriosos entuertos menor o mayormente sobrenaturales.
La otra Dafne, la Dafne clásica, la de Las metamorfosis de Ovidio (Libro I: 452-567), es la beldad inalcanzable, que nos mira arder sin curiosidad ni comprensión, gélida frente a la pira de nuestro desgarrado amor. Lo cual no contradice —me lo hubiera aclarado la voz adormilada al lado del diván— la asimetría de mi pasión. “No nos equivoquemos acerca de las figuras altivas y silenciosas: se trata de almas tímidas”, intenta reconfortarme Jules Renard.
Quand vous en serez au temps des cerises / Si vous avez peur des chagrins d'amour / Evitez les belles, aconseja por su parte Yves Montand, quien en Le Temps des Cerises nos pone en guardia contra masoquismos innecesarios: si se recela de las penas de amor, más vale evitar las mujeres bellas.
El limpio punteo de la guitarra, la descorazonada harmónica y su suspiro final. De tan simple y sentida, Girl from the North Country, la canción de Bob Dylan, algo tiene de eterno. Acaso porque Dylan tomó prestada la melodía —y un par de versos— de una balada anónima, irlandesa o escocesa diría yo. También Joe Cocker & Leon Russell, Johnny Cash, o Rod Stewart la han interpretado, cada uno según su idiosincrasia. Se ponen de acuerdo en lo siguiente: un viajero se dispone a partir rumbo al Norte, un norte remoto, agreste y borrascoso; la voz que canta pide al viajero que, estando allá, pase a visitar a cierta muchacha a quien antaño amó. Le pide se cerciore de que aún lleve largo el cabello, en amplios rizos que desciendan hasta sus pechos; que vele a que un buen abrigo la resguarde de las ventiscas; que averigüe, por último, si ella aún lo recuerda.
Es una perfecta canción de razbliuto, palabra rusa pertinentísima que no he hallado en ningún otro idioma y que nombra al sentimiento de ternura triste y melancólica que se guarda hacia alguien a quien alguna vez se amó. La voz que canta sabe que no volverá a verla.
En la versión que, mediando los tan denostados años 80, hizo de ella Pete Townshend se altera el esquema rítmico, por lo que cada verso exige una sílaba más. En el verso que se interroga sobre sus cabellos tal sílaba la aporta la palabra red:
Please see for me that her red hair is long
And flows and curls down to her back and breast.
Please see for me that her red hair is long
For that's the way I remember her best
Por meras cuestiones de métrica, la muchacha del Norte, antigua novia de cabello castaño, negro, rubio, vaya usted a saber, se ha visto alquímicamente transmutada —sublimada— en una pelirroja : la chica pelirroja a quien antaño se amó.
Bueno, ¿y los invitados? No hay que preocuparse demasiado por ellos: hace tiempo que —como los lectores— nos han dejado hablando solos. Como un televisor desaforado que se quedó encendido en una pieza vacía…
Prof. Klossard, París, verano del 2007.
N.B.: Cuando, hará cosa de un año, d. minúscula me convidó/conminó a ocuparme de prosainofensiva en una de sus entregas venideras me puso como sola condición que el título de mi colaboración retomara el de alguna canción de los Ramones. Así es d. minúscula, echa mano de viejos resabios de Oulipismo para ayudarse a poner orden en el cosmos, así se trate de un orden arbitrario. Por no contrariarla, me di una vuelta por la red para consultar la discografía de los Ramones. ¡Oh sorpresa ! Su producción, más vasta de lo que imaginaba. ¿Será que el “chemo” no era tan dañino como nos hicieron creer? El caso es que sí, hallé varios títulos que podrían convenir al « Argumento para animar una sobremesa ». Retuve varios con la intención primera de entretejerlos aquí y allá a lo largo de mi prosa, pero mi propia contrainte Oulipienne me vino un poco estrecha. Estos eran: Got A Lot to Say, Journey to the Center of the Mind, Freak of Nature, Psycho Therapy, Listen to My Heart. Finalmente, me quedo con My-My Kind of a Girl.
N. B. 2 : Para quien no estuviera al tanto, d.minúscula —tan My-My Kind of a Girl—, es pe-li-rro-ja.
