Take a look at my girlfriend
domingo, enero 20, 2008
Encuentro unos jeans viejos y la camiseta que dice «Soy Dominguera: so sue me!», me queda un poco ajustada (tengo años de no usarla) pero hace tanto frío que da igual, me echaré encima tres capas más. Hay que abrirse paso entre la gente buscando una terraza con sol. Qué extraño me resulta buscar el sol en México cuando me la paso huyéndole. Los domingueros son iguales en todos lados, como los Mc Donald's, los pijos, las madres y los centros comerciales. Da cierta tranquilidad. Terraza con resolana. Me basta. Nunca subestimo el poder cegador y cancerígeno de la resolana en México. Me acomodo y saco los periódicos: La Jornada pero también El País; para que la gente que pasa sepa que tengo en mí la mezcla exacta de comunismo rancio y derecha disfrazada de izquierda. Pido un capuchino sin espuma por favor, otra constante que une al mundo occidental (o semi): de qué país habrán sacado la idea de que al capuchino hay que ponerle un monte espumoso.
En la mesa de al lado un señor lee el periódico en voz alta, lo de siempre, o tal vez le habla a su esposa... en todo caso ella lee el periódico (en silencio) y no lo escucha. Lo veo fijamente de esa forma en que los padres dicen que no debes hacerlo, levanta la mirada y me dice: perdone, a veces me gusta oírme leer. Me avergüenza mi imprudencia: no se preocupe, no pasa nada, a mi me encanta verme bailar.
Un campesino se acerca a pedir doscientos cincuenta pesos para comprar una medicina. Pobrecito de él, dice de sí mismo, le pegó una señora, está malo de su corazón. Le doy diez pesos. Deja su receta y una caja de medicina vacía en la mesa. Voy tras de él y se las doy, está ahora con unos suecos que también le dan dinero.
El sol hace que me duela el estómago y la cabeza. Javier Marías se acerca y se sienta a mi lado sin pedir permiso, me parece un poco borde, no muy Javier Marías. ¿Te puedo leer una historia que acabo de escribir? Trata de un soltero con gabardina, me pregunta. Lo pienso unos segundos... dos horas más de sol, una palabra y un espejo, y luego otro espejo y otra palabra. Se me revuelve el estómago aún más: No, gracias, Javier. Pero te sigo queriendo igual. Me levanto y empiezo a guardar mis cosas para irme a casa.
Tu blog es cada vez más malo, dice apenas susurrando. Hago como que no oigo: ¿cómo? Nada, no pasa nada, ya la leerás después, pero será más larga, te lo advierto. Le digo que ajá y me voy rápido, se me acaba de ocurrir un post que se titule «Breakfast at Tiffany's in America».


